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martes, 10 de mayo de 2022

La paz lo vale todo

mayo 10, 2022 0 Comments

Photo by E. Jiménez (All rights reserved)


“A veces las personas no están destinadas a quedarse para siempre, a veces solo llegan para ser una lección de vida”. Ese razonamiento me abrazaba, me hacía sentir menos culpable por no haber ayudado a perpetuar la infelicidad. 


¿Podría haber aguantado más? ¿Debí acostumbrarme a los insultos? ¿Dramatice o exagere en pensar que me faltaba al respeto cuando se burlaba de mis emociones?¿Como llegué a permitir que me golpeara?


¡Claro que no!; me escuché decirlo a gritos. Miraba hacia el final del viñedo, justo donde comenzaba el río. Exhale con fuerza, negando con la cabeza una y otra vez. Por mas que la sociedad intente decirnos y hacernos sentir que es nuestra culpa, no lo es, nunca lo fue. 

Foto por E. Jiménez (Todos los derechos reservados)

                         

Me había quitado los zapatos y caminaba descalza por el viñedo, ese instinto de libertad y conexión. Arrastraba mi vestido azul de fiesta, mientras me acercaba al río. Comenzaba a atardecer, el cielo cambiaba sus colores y en la distancia, el sonido del último tren del día, intentaba interrumpir mi trance. Nuevamente repase la vista, finalmente estaba en paz, y la paz lo valía todo.



domingo, 6 de febrero de 2022

El jardín

febrero 06, 2022 0 Comments

 

Foto por E. Rivera


Caminaba por tercera vez el laberinto, rodeado de plantas. Un jardín tranquilo, florecido y cubierto de mariposas. El agua cayendo de la fuente creaba un sonido tenue y fresco, una sensación de paz que hacía mucho no sentía. Pequeños sonidos capaces de opacar la cercanía de los autos y el tren. 


Vio su reflejo en el estanque,  sintió que estaba en un oasis. Un oasis en medio de una ciudad tan dura y abrumadora,  llena de estructuras sin sentido y edificios capaces de cortar la vista al cielo. Respiro profundo y se concentró en el sonido del agua. Por un instante pensó que estaba en otro país. 


“Deja tu mente en blanco”, repetía para sí. Comenzó a cantar, tocaba las flores, les tomaba fotos con el móvil y regresaba su mirada al cielo, sonriendo. Le gustaba ese karma, la llenaba de energía y felicidad. El jardín apaciguaba el dolor que aun contenía. Aún así sonreía, sabía que el dolor no duraría para siempre.


Se sentó en el césped. Se había rendido ante los rayos del sol, reía; ahora a carcajadas. En su corazón sabía que ese momento era único e irrepetible. Se permitió ser niña, jugar con las mariposas, correr detrás de los patos y alimentar los peces en el estanque.


Se había quitado los zapatos, la sensación de caminar descalza le gustaba, se sentía libre. Dejaba así atrás el qué dirán, el peso social, la opinión de su familia, lo que dirían los conocidos y el juicio de cualquiera que no comprendiera su sentir. 


Repasó con la mirada por ultima vez el jardín, suspiro mientras llovía en sus ojos negros. Mientras se ponía en pie, una inmensa sonrisa se disparó en su rostro. Agarró su mochila y emprendió su nuevo camino. El bote al ashram le esperaba.  


jueves, 11 de febrero de 2021

Compañera de viaje

febrero 11, 2021 2 Comments

Photo by Roberto Nickson from Pexels


Algunos dirían que era muy temprano para un café, en una mañana tan fría, sentada frente a la Fraumünster. Para ella no, el calor y el aroma del café le brindaban la paz y la calma necesaria para seguir. La incertidumbre había comenzado a socavar sus fuerzas.


Había notado como se distanciaba la gente, incluso comenzaba a ver transeúntes cubriendo sus rostros. Solo quedaba mirar a los ojos y sonreír desde adentro. Algunos le entendían, sus ojos llenos de temor también se achicaban. Ellos también sonreían. 


De nuevo volteo a mirar la iglesia. Estaba empeñada en grabarse esa imagen en su mente y quedarse a escuchar las campanadas que marcaban las once de la mañana. ¿Cómo era que un día tan perfectamente soleado podía ser a su vez tan frío? Decidió no analizar más esa pregunta. Tomo su bolso y caminó hacia los canales que bordaban el lago, Ella le seguía. Caminó y caminó.


Al parecer no era la única buscando calor. Ya en la Sechseläutenplatz se habían apostado muchas familias con sus sillas y mantas para tomar el sol. Pocas veces seguía a las masas, pero eran días complicados y solo siguió su instinto.


Se alejó todo lo que pudo en busca de distanciamiento físico y menos bullicio. Necesitaba volver a prestarle atención a todas esas preguntas en su cabeza. Ser una extranjera extraña en tierra de otra lengua tenía sus ventajas. Nadie preguntaba si estaba bien, nadie juzgaba que haría allí en medio de esa plaza con lágrimas en los ojos.


Dio media vuelta para mirar a su compañera de viaje, allí seguía. Hay almas capaces de entender tus silencios, respetarlos y seguirte fielmente. El mas profundo de los suspiros llegó junto con el hambre. “Vamos por la fondue?”, le devolvió la sonrisa, “vamos”.  






viernes, 18 de diciembre de 2020

La receta de la abuela

diciembre 18, 2020 0 Comments

Sentada un su sofá mirando hacia la nada, como muchos. Eran días difíciles en el hospital, la pandemia castigaba sin piedad a los mas vulnerables. Mirar a la nada ayudaba a desconectar la mente del cuerpo, el cansancio y la impotencia. 


Había decidido mantener la tradición familiar a pesar que la familia no podría reunirse. Se levanto rápidamente, rumbo a la cocina. Ajo, cilantro, cebolla, sal, orégano, comino, aceite y otros trucos. Sin percatarse había replicado la receta de la abuela. Se transporto.


La memoria olfativa la ubicó en la cocina colonial santurcina. Techos altos, baldosas hidráulicas, humedad del trópico, el adobo y su abuela. Suspiró y repaso el encanto de esa memoria. Ladridos provenientes de su patio la devolvieron al presente. Suspiro y las lagrimas le abrazaron; le sonrió a ella, a su abuela. Sabia con certeza que le acompañaba.  


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Marcela viaja sola

septiembre 30, 2020 0 Comments

El mundo fuera de nuestra burbuja se desmoronaba. Y mientras cerraban fronteras y cancelaban vuelos, nosotras caminábamos por Berna a paso lento. Ya no había prisa, estaríamos varadas varios días. 

El frío y el hambre nos vencían, así que decidimos entrar a Le Mazot. Mientras descifrábamos el menú con nuestro pobre francés y cero alemán, era inevitable que nuestra lengua boricua se soltara. “¿Ustedes son boricuas?”; alguien nos hablaba en español, era Marcela. Nuestra burbuja se llenó de la paz y la calidez de un idioma conocido. 

Con toda la seriedad del mundo yo escogía mi Rösti,  mi amiga escuchaba atenta y Marcela terminaba su almuerzo. Mujer brava e independiente que viajaba sola. Hace meses que había dejado su natal Argentina para conocer Suiza. Con los aeropuertos y fronteras cerradas ahora no tenía donde ir. La pandemia avanzando obligaba a cerrar los hostales, ya la habían desalojado de dos. Ahora buscaba llegar al consulado para pedir alojamiento. 

Yo con mis ojos fijos en su mirada, no podía sino admirar la tranquilidad y el temple con el que hablaba. Por menos que eso nuestros compañeros de viaje estaban aterrados. Todos “hablamos de libertad, pero cuando vemos alguien libre nos aterra”. En ese momento entendí ese refrán. Yo que me creía muy valiente y Marcela me llevaba seis vidas en ventaja con todo y su juventud.

Nos despedimos y ya no supe más de ella. Todavía me sorprende lo que un encuentro tan corto puede dejar en el alma de las personas. En este viaje que llamamos vida siempre será hermoso detenernos y conectar.  


Mi primer viaje sola

                                                                         Medellín Eran mis tiernos 20 años, estudiaba en la UPR, trabajaba y...